16 de septiembre... (un año más tarde)

Aún amodorrada, sonrió al sentir como el peso de un cuerpo se deslizaba a su lado bajo las sábanas.
―¿De dónde vienes? ―preguntó con la voz dormida.
―Del pueblo, de comprar croissants recién hechos para desayunar.
Sara se estiró levantando los brazos y desperezándose, al tiempo que bostezaba, para después volver a ovillarse entre los brazos de Markus.
―¿Has recorrido treinta kilómetros desnudo para comprar el desayuno?
Él sonrió contra su pelo y se ayudó de la mano para retirárselo y llegar a besar la suave piel de su cuello.
―Creo que si hubiera entrado desnudo a la tienda de víveres, a la señora Carmen le hubiera dado un ataque al corazón.
―Yo no lo creo, hubiera atrancado la puerta para encerrarse contigo dentro. No vuelvas a irte ―murmuró con disgusto―, ¿y si llego a despertar y tú no estás?
―Ha sido un riesgo y volvía mortificado pensando en qué quizá hoy podría haberme perdido tu sonrisa boba y la cara de sueño que me vuelve loco todas las mañanas, pero necesitaba comprar un par de cosas para el desayuno.
Tras un segundo bostezo y un leve parpadeo la voz de Sara cada vez sonaba más firme.
―Humm, ¿tan importante era como para salir huyendo de nuestra cama a las seis de la mañana?
―El desayuno de mi niña siempre es importante y hoy más.
―¿Hoy?
―Sí. ¿No sabes qué día es hoy?
Ella sonrió, vaya si lo sabía. Llevaba varios días pensando en cómo hacer de este un día especial pero las últimas noventa y seis horas las habían pasado encerrados en la casa del bosque y no había encontrado la ocasión de bajar sola al pueblo.
Sin salir del abrazo de Markus, se giró para darle la espalda, y aunque sus ojos permanecían cerrados fue consciente de que tímidos rayos de sol comenzaban a filtrarse por las rendijas de la ventana. Allí en la montaña, tan solo el sonido de trinos de pajarillos enturbiaba la paz matinal.
Sara respiró profundamente y abriendo los ojos murmuró:
―Cómo me gusta este sitio.
Estaba totalmente despierta, o eso creía, pero al ver la bandeja del desayuno no pudo evitar el llevarse las manos a la cara para frotarse los ojos.
―El termo de café, la lechera, el azucarero, el vaso de zumo, los croissants…, hasta ahí bien pero… ¿qué hace una botella de champaña refrescando en una cubitera?
―Estamos de celebración.
―¿Champaña en el desayuno? Y además, hay dos copas, ¿tú también vas a beber?
―Por supuesto, quiero brindar contigo. Y no es que pretenda emborracharte, sé que es algo temprano para beber al alcohol, pero para un brindis un par de sorbos serán más que suficientes, aunque antes…
Sus labios acariciaron la suave piel del hombro y ella suspiró estremeciéndose de placer. El calor de su aliento hizo que el mundo que les rodeaba se desdibujase y se redujera a ellos dos.
―A esto es muy fácil acostumbrarse… ―susurró ella entre suspiros.
―Mi amor, puedes estar segura de que siempre lo tendrás.